Cuando Dilvish consiguió escapar del infierno, juró vengarse del mago que lo había arrojado allí. Pero Jelerak, señor del Castillo Sin Tiempo, había desaparecido. Alrededor del castillo, la Tierra cambiante era una pesadilla viviente que acechaba a todo aquel que se atreviera a internarse en ella, desatando la magia incontrolable de su creador, el dios loco Tualua. Y ahora un grupo de magos y hechiceros se disponía a entrar, tratando de hacerse con los arcanos secretos encerrados entre sus muros. La situación, pensó Dilvish, era un completo desastre.
Comentarios (0)
Su agradecimiento a la reseña no pudo ser enviado
Reportar comentario
Reporte enviado
Su reporte no pudo ser enviado