Con un pie descalzo, sus deformes manos y su mente en una nube, llegó a la Ciudad. Ni siquiera sabía su propio nombre, ni cómo ni porqué había llegado hasta allí. Lo desconocía todo sobre Bellona y la extraña cualidad que le convertía en algo distinto de todo el resto del mundo. ¿Qué le había ocurrido a la metrópolis? ¿Una catástrofe, un ataque nuclear, una plaga? Nadie lo sabía, y al parecer a nadie le importaba. Pero Bellona estaba allí: restos de un pasado que se fue, un enigma abierto ante él, que ni siquiera sabía quién era ni cómo se llamaba. Pero en su mente flotaban insistentemente una palabras: «He venido a herir la ciudad otoñal…».
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