Las dos monedas fueron lanzadas al aire. Clark sabía que no podía empezar a desenfundar hasta que hubiese sido arrojada la segunda. Intencionadamente, el que había apostado contra él las arrojó fuertemente contra el techo, para que chocasen y saliesen rebotadas, cayendo luego al suelo con más rapidez. Eran dos blancos difíciles, casi imposibles. Clark gritó: —¡Ahora!
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