¡Oh, no! Aunque cueste creerlo, yo, el protagonista de ¡Ay, cuánto me quiero! he sufrido una crisis y ya no sé si me amo… ¡o me odio! Debo resolverlo con mi superdotado cerebro y humilde corazón. Le pediré ayuda a esa niña, mi tierna y miedosa vecina. También a los amigos imaginarios, a los monstruos de la noche e incluso a mis papás.
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