Miró de reojo a Chuck, que conducía el gran «Ford-Ranchero» sin pestañear. Envidiaba a Chuck. Porque su compañero parecía no sentir en lo más mínimo los rigores del caluroso verano. El automóvil cruzaba las inmensas llanuras desérticas de Nevada. Detrás, en el asiento posterior, dormitaban Sam Freeland y Dan Gaines.
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