El apeadero ferroviario hervía bajo el sol ardiente. La mañana tenía un color dorado, casi rojo, y el leve vapor que subía al suelo calcinado deformaba a distancia las siluetas y el paisaje, haciéndole ondular como un espejismo asfixiante.En la distancia, muy en la distancia aún, silbó estridente la locomotora. El convoy era casi una simple mancha alargada en el horizonte, deslizándose como un gusano rojizo sobre las vías del tendido ferroviario.
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