Las máquinas estaban paradas desde hacía rato y tan pronto oí el chapuzón que dio el ancla me apresuré a subir la escalerilla de hierro con intención de salir a cubierta y contemplar el panorama. El primer maquinista me vió y, aunque estaba acostumbrado a mis excentricidades, me gritó: —¡Eh, Barbas! ¿Adónde vas?
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