El Queen Katherine, moderno y lujoso trasatlántico, había partido aquella misma tarde del puerto de Nueva York, con destino a Lisboa, llevando más de un millar de pasajeros a bordo. William Gilmore, el pasajero que ocupaba el camarote 540, de primera clase, respingó ligeramente al oír que llamaban a la puerta. Dejó sobre la mesa ratona el periódico que estaba leyendo, se levantó del cómodo sofá y se acercó silenciosamente a la puerta. Después de llevarse la mano a la axila izquierda y cerrar sus dedos en torno a la culata de la «Luger» que descansaba en su funda, preguntó: —¿Quién es?
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