La iglesia estaba adornada con profusión de flores. Sonaban ya los primeros acordes del órgano. Toda la población de Silver City —no muy numerosa en aquella época— se había congregado ante la puerta del templo. Los invitados llenaban el interior. Jim Coleman avanzó lentamente entre las dos apretadas filas de público, estrechando manos y recibiendo parabienes. —Felicidades, Jim.
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