Una calurosa noche de verano, dormíamos plácidamente en la casa de campo de una amiga de la señora Silver cuando, de repente, una lluvia de piedras nos despertó (salvo a Leo, que siguió roncando...). Sobresaltados, encendimos la luz y nos dimos cuenta de que no eran piedras lo que caían... ¡sino bellotas!
Comentarios (0)
Su agradecimiento a la reseña no pudo ser enviado
Reportar comentario
Reporte enviado
Su reporte no pudo ser enviado