Acababan de pasar por Telfs y continuaban por ese encajonamiento maravilloso que es el Innthal. A veces, el tren parecía suspendido en lo alto de un despeñadero de vertiginosa altura, y un momento después discurría traqueteante por las riberas del Inn, esmaltadas de flores. Con el rabillo del ojo, Herbert examinó a la muchacha que acababa de subir en Telfs. «Desde luego, no es austríaca», pensó, contemplando aquella espléndida mata de cabello castaño y los ojos de un azul muy oscuro, casi violeta, según los hiriera o no el sol.
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