En el preciso instante de poner la mano sobre el interruptor un sexto sentido avisó a Godard de la presencia de un peligro tan inminente como invisible. Retiró los dedos del conmutador con lentitud y sigilo para hundir la mano en el bolsillo de su «saco» en busca de la linterna. Con la derecha extrajo el revólver. Pulsó el encendido de la lámpara barriendo las tinieblas en zig-zag para apagar enseguida. Vio brillar el fogonazo.
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