Slattery dejó el telegrama sobre la mesa y cerró los ojos. Un accidente… Eso podía querer decir cualquier otra cosa. Incluso que… ya estaba muerto. Como independiente de su voluntad, su mano fue hasta el teléfono y lo descolgó. —Póngame con Prescott, en Arizona —dijo. —Número, ¿por favor? Sí, ¿qué número? En este momento no lo recordaba. Sujetando el teléfono con el hombro, buscó en su agenda. Sí, ése era. 3420. —Treinta y cuatro veinte, señorita. Por favor, es urgente.
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