Estaban sentados a una de las diminutas mesitas del Riviera, cada uno frente a un gran vaso empañado por el hielo. Bernie Dane dio un sorbo al licor y gruñó: —Si quisieras prestarme un segundo de atención, tal vez podrías enterarte de lo que deseo proponerte. ¿Sí, muchacho? Su compañero desvió la mirada del más exquisito par de piernas que viera en su vida y sonrió. —¿De qué estabas hablando? —¡Eh, por todos los santos! Deja de ocuparte de esa fulana y atiende…
Comentarios (0)
Su agradecimiento a la reseña no pudo ser enviado
Reportar comentario
Reporte enviado
Su reporte no pudo ser enviado