Él se llamaba Elvis, y ella Alice. Eso era todo. Bueno, tenían apellidos, naturalmente, pero hasta ellos mismos empezaban a olvidarlos, quizá porque sólo los utilizaban para firmar. Por lo demás, les iba estupendamente solo con los nombres. ¡Vaya si les iba estupendamente! En aquel momento, Elvis acababa de separarse de Alice, tendiéndose a su lado sobre la gran toalla de colorines extendida sobre la arena y bajo un bonito y enorme parasol de colores clavado en aquélla. Alice todavía estaba suspirando cuando Elvis preguntó: —¿Bien? —¡Oh! —exclamó ella.
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