Detuvo el coche. La muchacha estaba allí, en el interior de la cabina telefónica, hablando a través del micro teléfono o fingiendo que lo hacía. Desde la ventanilla del negro sedán que conducía, la miró. Morena, de pelo negro que le caía en cascada sobre los hombros y al parecer muy joven. De veinte a veinticinco años —calculó—, a pesar de que hasta que no la viera de frente no podría predecirlo con exactitud. Ahora terminaba, y una vez más se preguntó si se estaba comunicando con alguien o fingiendo que lo hacía.
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