Gilbert Laffont sabía que había llegado al último trozo de su camino. Le bastaba ver a los dos hombres que estaban frente a él para no tener la menor duda. En unos minutos, estaría listo para ocupar un ataúd. Le habían atrapado en su propio apartamento, y ahora estaban allí, en el living. El más alto de los fulanos, que se llamaba Joe, rió por la comisura de la boca y le señaló con el dedo. —Anda, Gilbert, mírate en el espejo y verás la cara que te hemos puesto.
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