Como en una buena novela de espías, a comienzos de 2011 Santiago O´Donnell acudió al llamado del hombre del año, Julián Assange, para un encuentro reservado en un castillo inglés. El autor, el único periodista argentino que tuvo contacto con Assange, había sido investigado a fondo, sus credenciales periodísticas fueron revisadas y re-revisadas, y recién allí logró encontrarse con el fundador de Wikileaks, para recibir de su mano un pendrive con los cables sobre Argentina producidos por la Embajada de los Estados Unidos en Buenos Aires.
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