Sonreí agradablemente sorprendido. La enfermera del doctor era una rubia platino, con unos noventa y tres de busto y otros tantos de cadera y con la cintura justo como la debía tener. El doctor sorprendió el brillo especial que ofrecen mis ojos cuando se me pone a tiro una rubia platino de noventa y tres de busto. —Olvídela, señor Fabré, la necesito…
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