—HE venido a entregarme, sargento. —¿Entregarse? —el sargento Killey enarcó las cejas, contemplando al recién llegado con fijeza—. ¿Por qué motivo? —Por un asesinato. Hubo un silencio. El sargento Killey se frotó el mentón, apoyándose en la mesa de su despacho del Departamento de Homicidios. Junto a él, el agente McBain apoyaba sus manos en el correaje de su uniforme de agente de policía, expectante y como divertido por algo que el sargento no acababa de entender. —Bien —murmuró Killey—. ¿Qué asesinato? —Uno del que soy culpable, sargento. —Entiendo. ¿Ha matado usted a alguien?
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