John Pendlefold era alto, seco, de cabello castaño y ojos pardos de soñador. Aún no había cumplido los treinta y cuatro años, pero era ya una figura en el mundo científico. Su tesis sobre la constitución del átomo, había llamado poderosamente la atención de los hombres de ciencia del mundo entero. El éxito obtenido en la disgregación de un átomo de helio, le había asegurado un puesto a la cabeza de sus congéneres.
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