—¿Cómo se llama este pueblo, abuelo? —Henderson. El forastero, que montaba un alazán, sonrió. —Henderson, ¿eh, abuelo? Un bonito lugar. Frisaba los treinta años y era de cabello rubio, casi blanco, con ojos verdes, pómulos altos y boca de labios un poco salientes. —Soy Alan Foster, forastero —dijo el anciano—, tengo un establo y me puedo ocupar de su caballo.
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