Entró en Llano a caballo, silenciosamente, a esa hora solar en que los perros se esconden debajo de las aceras de tablas sacando la lengua para refrescarse. Tan sólo se oía el zumbido de rabiosos moscones verdes que ni siquiera comían boñigas de caballo porque el sol las había secado tanto que no quedaba en ellas nada que valiera la pena. Era como un mundo muerto y cocido.
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