El inspector Jansen dijo suavemente, con esa voz que casi siempre empleamos en los funerales: —Está muerta. Los ojos de los cuatro hombres se dirigieron hacia él. Los labios se plegaron en una misma mueca. —No tiene sentido… —¿Qué es lo que no tiene sentido? —preguntó Jansen volviéndose hacia el que acababa de hablar—. ¿No tiene sentido el que una persona muera? ¿No entran en la Morgue diariamente docenas de cadáveres? Pues éste será uno más.
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