Se abrió la puerta y apareció una muchacha de largos cabellos rubios, ojos azules y sensual boca, húmeda y turgente. —Hola —exclamó—. ¿Nos conocemos? Él sacudió la cabeza. —No, y es lamentable. ¿Puedo entrar? —No estoy muy segura. ¿Qué es lo que quiere, o quién le envía? —Nadie me envía. —¿Entonces? —Deseo hablar con usted.
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