Al autorretratarse en calidad de «hijo de sus obras y padrastro de las ajenas», Francisco de Quevedo desveló cuánto se difundían y se alteraban sus líneas, al mismo tiempo que se le otorgaban, por su fama, obras apócrifas. La condición volátil de sus sátiras breves y de numerosos escritos circunstanciales sigue siendo un manantial de investigaciones ecdóticas, tal y como lo sugiere la versión aquí presentada de la Carta de las calidades del casamiento.
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