A todos se les puso la carne de gallina, cuando recibieron la noticia de que Paul Moore había fallecido. O mejor dicho, cuando recibieron la notificación del notario, en la que les hacía saber que, siguiendo los deseos del propio fallecido, su testamento sería leído instantes después de haberse llevado a cabo el entierro. Su contenido sería dado a conocer en el despacho-biblioteca de la mansión en la que hasta entonces viviera el aludido Paul Moore. Mansión enorme, inmensa, inacabable, que quizá hubiese resultado hermosa a no ser por el lugar en que se hallaba.
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