Warren Kennedy, alcaide de la prisión de Katt Hill, empujó la pequeña caja de madera de cedro depositada sobre la mesa. —¿Un cigarrillo, Eddie? —¡Oh, no! Gracias, alcaide. Demasiado buenos para mí. No quiero acostumbrarme a los refinados placeres. El alcaide entornó los ojos. Dirigiendo una inquisitiva mirada a Eddie Reynolds.
Comentarios (0)
Su agradecimiento a la reseña no pudo ser enviado
Reportar comentario
Reporte enviado
Su reporte no pudo ser enviado