Los exultantes labios de Judith Howard succionaron el emboquillado. En un delicioso mohín que, sin proponérselo, resultó lascivo. Judith era así. Todo sensualidad. Rebosaba lujuria por los cuatro costados. El solo abanicar de sus largas pestañas ya despertaba pensamientos pecaminosos. Aunque Ralph Frawley y Sylvester Scott únicamente pensaban en dólares.
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