Al abandonar el Diamond, Henry Marshall vació sus bolsillos a la luz del próximo poste de alumbrado. —Ayer rico. Hoy un pobre diablo cualquiera —murmuró. En la palma de su mano había algunas monedas. Pocas. Sumadas apenas llegaban a los siete dólares. Se volvió. Su imagen se reflejaba en el gran espejo de la funeraria Relax.
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