Ella, con una rodilla apoyada en el asiento, asomaba parte de su bien torneado busto por el hueco, mirando con ansia, pero no sacaba la mano para despedir a nadie. Miraba fijamente y no soltaba el maletín del que parecía no estar dispuesta a desprenderse. Vibraba el último toque de campana y silbaba impaciente la locomotora, cuando la joven, no pudiendo reprimir un ligero grito, se echó hacia atrás con ímpetu y cerró el cristal, volviéndose y mirando con nerviosismo en torno de ella.
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